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Presentación del libro de cuentos Doce Dientes de Pamela Terlizzi Prina

November 19, 2013

Aquí la presentación del libro de cuentos de Pamela Terlizzi Prina:

 

 

 

Buenas tardes.

 

Agradezco a Pamela por haberme dado la oportunidad de escribir el prólogo de Doce Dientes y por haberme convocado hoy. Para mí es un privilegio y una alegría porque a pesar de conocernos hace relativamente poco la considero una amiga y la siento como una hermana con la que siempre puedo contar en este camino tan solitario que es el de la literatura.

 

Abordar la obra Doce dientes esto es, poder pensarla, tratar de encontrarle una unidad, descubrir su voz y mirada personal fue un desafío y un placer porque la mirada de Pamela es intensa, comprometida, poética y, por sobre toda las cosas, bella. Pero no hablo de una belleza fácil, vacía o fugaz, hablo de la belleza que se gesta en la violencia, en la desesperación, en la piedad desmedida y fundamentalmente, en la carnadura de lo humano profundo.

 

Estaba leyendo una entrevista que le hicieron a Julian Barnes, escritor inglés, autor de novelas, para mí, maravillosas como El sentido de un final. Barnes decía que hay escritores que se sientan en un podio para instruir al lector sobre las verdades de la vida y hay autores que se sientan con el lector, lado a lado. Me interesó esta imagen porque me remitió directamente a la obra de Pamela y a esta cualidad -que es valiosa y difícil de lograr- la de construir cada cuento en base a la densidad y a las complejidades de las personas de carne y hueso. Uno de los ejes, entonces, de Doce dientes es el de la ambigüedad, el de la incertidumbre, que es lo que mejor define a nuestra especie.

 

Esto permite que el lector, cuando abre las páginas de Doce dientes, se sienta inmediatamente absorbido por los pequeños artefactos verbales que construye Pamela porque nos conectan con la pura emocionalidad, pero también con las vísceras de lo racional, y como dijo Liliana Diaz Mindurry hablando de la poesía de Pamela, nos conecta con lo revulsivo y con lo abismático.

 

¿Por qué los llamo artefactos verbales? se preguntarán y ¿por qué pequeños? En el prólogo al texto de Pamela defino a sus cuentos como cubos de cristal hechos de palabras y lo hago porque lograr escribir un buen cuento, en mi opinión, es una de las tareas más arduas que se puede proponer un autor. Especialmente si el cuento es realmente corto como lo son los cuentos de Doce dientes. Por eso apelo a la imagen de los cubos como elementos de cristal y no, por ejemplo, de cemento.

 

Un cuento es una estructura muy precaria. Se debe pensar cada palabra de manera precisa, quirúrgica, diría. ¿Exagero si digo que una sola palabra puede destruir un cuento? ¿Estoy dramatizando si afirmo que para mí una sola coma mal puesta lo puede hacer volar por los aires? En cualquier caso, Pamela, logra, con un gran manejo de la técnica, construir estos artefactos o pequeños cubos de cristal con estructuras realmente sólidas, donde no hay cabos sueltos ni cimientos agrietados. La fortaleza se obtiene con personajes complejos, multifocales, con atmósferas logradas y con un uso inteligente e intuitivo de los recursos poéticos.

 

Borges hablaba de intertextualidad, como del conjunto de relaciones que acercan un texto determinado a otros textos de variada procedencia. Así, un autor remite a otro y este a otro casi indefinidamente. Y tenía razón Borges, cuando se lee una obra con tantos matices como la de Pamela, no hay forma de evitar que esto ocurra.

 

Quiero ilustrar estos conceptos. Imaginemos una iglesia gótica, pero una pequeña, como por ejemplo la capilla de Saint Chapelle en París que es considerada una obra cumbre del período radiante de la arquitectura gótica y es pequeña porque fue construida para albergar reliquias. Las paredes fueron reemplazadas por vitrales de colores que relatan escenas religiosas y los pilares altísimos y esbeltos dan la sensación de ligereza, una ligereza que te eleva y te deslumbra, pero que al mismo tiempo te hace preguntar cómo es posible que esa estructura pueda sostenerse y como un lugar tan pequeño puede parece inmenso, inconmensurable. Por otra parte hay una complejidad en esa simpleza que uno la descubre de a poco. Uno empieza a entender la genialidad arquitectónica de ubicar el peso en los contrafuertes que están en el muro exterior, empieza a observar el trabajo artesanal de los vitrales y a leer la luminosidad, pero también la oscuridad que se relata en las historias contadas en los vitrales. Empieza a observar los claroscuros de ese espacio. Estas imágenes y emociones, estas intertextualidades arquitectónicas, las recuperé leyendo a Pamela.

 

En el prólogo hago referencia directa a estas percepciones cuando afirmo que Pamela construye espacios íntimos como vehículos emocionales y la capilla gótica es un espacio que te transporta y te conecta con emociones encontradas, discordantes, humanas, que nos muestran zonas secretas de nosotros mismos. Doce dientes nos absorbe dentro de la trama de sus personajes densos, multifocales, cargados de poesía.

 

Pero además de la atmósfera, ella crea entramados, mundos pictóricos, universos con una coherencia de leyes internas que sólo pueden ser pensados por alguien que convendría definir como una “orfebre de la palabra”.

 

Concretamente en el cuento “Naila” que me impactó especialmente, Pamela toma como referencia y punto de partida un cuento de Cortázar, Lejana, donde Cortázar juega con el mito del Doppelganger. Es decir, la posibilidad bastante extraña pero no improbable, de tener un doble en algún lugar del mundo. Alina Reyes, la protagonista del cuento de Cortázar, se obsesiona con una mujer. Afirma categóricamente que esa mujer es ella, aunque esa mujer viva en Budapest y en la pobreza y Alina viven en Buenos Aires en una situación acomodada. Alina viaja a Budapest y cuando la encuentra se produce el cambio, Alina está en el cuerpo de Lejana y Lejana en el cuerpo de Alina.

 

Es en este punto donde Pamela comienza su cuento Naila. Con Naila en la nieve de Budapest, con la desesperación de Naila, de no poder comprender el propio idioma que ahora es el único que tiene y que ella debería hablar. Tanto Lejana como Naila me produjeron algo que considero que sólo los grandes cuentistas logran, introducirnos en esa atmósfera de desesperación, prácticamente terrorífica, con un miedo real, porque no entender el propio idioma es estar en el centro de la incomprensión, en el núcleo de la locura y de la agonía. Quisiera leerles un fragmento: “Naila es en húngaro, mira en húngaro, existe en húngaro, lo que implica necesariamente desesperar, concebir las estructuras con formas asmáticas, con los bordes más agudos. Caminar en húngaro es ir tropezando, aunque los huesos permanezcan sanos y los músculos respondan. Es hablar objetos fríos de frialdad absoluta y tener el entendimiento por debajo del cero. No entender es no ser, carecer de cualquier cosa, porque nada existe si no se nombra y Naila, que tampoco sabe su nombre, está condenada a la dispersión más salvaje y natural: la de convertirse en su propio graznido inocuo, la de la insignificancia, la de mutar, invariablemente, en aquello que no comprende.”

 

Y esta capacidad de trabajar con la palabra como una orfebre, de manera artesanal lo vamos a ver claramente en el cuento que va a leer Eugenio Polisky, “Naufraga” donde una mujer se ahoga y, sin embargo, lo hace de manera tan poética que quisiéramos, como ella, ser devorados por peces.

 

La obra de Pamela me remite a otros autores, a otras obras, a otros cuentos. Hago mías palabras de algunos de ellos al decir que la literatura de Pamela es inclasificable y perturbadora. La depravación y la inocencia conviven con absoluta naturalidad y eso es lo que perturba. Esa es una característica que vamos a percibir en muchos de los cuentos de Doce dientes, como en “Si gracias” donde unos se comen a otros de manera totalmente civilizada y con una armonía desconcertante. O en los cuentos “Clara” y “A pelo” donde Pamela trabaja con un nivel de la inocencia que nos conmueve, pero que en algún lugar nos inquieta. Algunos de los personajes de Doce dientes rozan lo absurdo, pero no nos causan gracia, sino que sentimos empatía y cierta piedad porque ese grotesco los hace más humanos. Como los personajes del cuento “Lo planes” una pareja que quiere tener un hijo a toda costa, al punto de llegar a un extremo que pareciera un disparate. Absurdo o no, es un deseo por el que sentimos una compasión dolorosamente humana. Pero, en la lectura de Doce dientes, no se llega a la desesperación total, los personajes en algún punto se liberan, se convierten. Son seres tan frágiles, con una locura tan espesa que los obliga a una metamorfosis, aunque esa transformación implique congelarse, encerrarse, ahogarse. Los obliga a transitar por la belleza de la que hablaba al principio, esa belleza que nace de la adversidad como en el cuento “Una selva”, del amor peligroso en el cuento “Los planes”, de las aristas del dolor en “La mudanza” o de una existencia ignorada en “Verde vivo”. Coincido con Horacio Rodio Seín cuando en la contratapa afirma que Doce dientes abre las puertas a un mundo aterrador pero de una belleza íntima que nos involucra, nos rescata, y nos alivia. Pero también esa belleza tiene el poder de desintegrar nuestro espacio de bienestar al dejarnos perplejos porque sentimos que los Doce dientes carcomen nuestra mente. A mí me atrae este tipo de literatura, la que vulnera nuestras certezas y Doce dientes lo consigue, muerde nuestro cerebro y lo hace de tal manera que queremos más.

 

 

Por eso les digo, anímense, déjense masticar por estos Doce dientes.

 

 

 

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