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Prólogo de "Casa de arañas" novela de Carlos Carioli que presento el 18 de noviembre de 2014

October 10, 2014

 

 

Prólogo Casa de arañas

 

Morábito escribió un poema donde habla del otro, necesario e inaceptable a la vez: «No quiero, pese a todo, / muros gruesos, / tan gruesos que no oiga / el silencio de los otros, / hecho de algunas voces y ruidos / que se filtran por los muros, / avisos de la vida / que transcurre al lado, / abajo, arriba, / en contra mía». El otro que nos espeja, nos construye, y al que necesitamos desacralizar porque los vínculos que nos unen, tan ajenos y tan humanos, resultan de tal magnitud que nos hacen fluctuar entre el desprecio y la fascinación. Para Le Clézio, los otros son el paraíso, pero para Sartre, al igual que para Carlos Carioli, son el infierno.

 

Claro que el otro está dentro de uno, en la sucesión de roles que nos imponemos y que desquicia la pretendida normalidad de la vida, en las simplificaciones a las que nos reducimos y nos reducen donde desborda la imbecilidad, la locura, la hostilidad. En su obra, Carioli mide las posibilidades humanas, pesa la miseria, computa el delirio, evalúa la desdicha y, con la nitidez y precisión mortal de la tela de araña, construye una novela que nos captura, nos repele, haciendo imposible dejar de leerla.

 

El universo de «Casa de arañas» se encuadra en lo que afirma el Mefistófeles de Christopher Marlowe: «El infierno no tiene confines, ni se ciñe a un solo lugar, donde nosotros estamos allí estará el infierno y donde el infierno esté, allí siempre estaremos.»  Todos los personajes de esta novela padecen los tormentos del infierno que llevan dentro, un infierno magnificado por el narrador -en segunda- que pareciera que los espía para después humillarlos: «Vos estabas parada, aferrada con la mano envuelta en la franela al secador de piso, y con una sonrisa muy pelotuda en la boca y en las arrugas de la cara, como si le estuvieras diciendo a Mario lo pelotuda que sos»; los ironiza: «porque Usted, Señor Vidal, no sólo era un hombre paciente y silencioso, sino que además era respetuoso e inteligente, debería hacerse un escarbadientes de oro para que estuviera a la altura de su boca»; los juzga: «Vos, Mimosa Maxim, leías tus simpáticos poemas de mierda en voz alta a un linyera que no te escuchaba». A este narrador no le interesa la complicidad ni la empatía del lector, sólo quiere absorberlo y arrojarlo ahí donde aparecen la unión y el desencuentro más perturbadores. Porque todo ocurre cuando la encargada de un edificio recibe una nota ambigua sobre arañas en el techo del pasillo que desata un remolino de calamidades. La enajenación se acrecienta cuando los personajes entienden que están irremediablemente solos, aislados, pero conectados los unos a los otros desde la inestabilidad y la aversión: «Miren, la espuma chorrea por las paredes, está adentro de mi casa, está en el pasillo, está adentro de la cabeza de Noemí, en la panza de tu gorda amiga Mimosa Maxim, la espuma es la que le quitó las piernas al del sexto ¨A¨, es una espuma que come, que come palabras, pensamientos, piernas, es una espuma que vomita arañas, que come neuronas, familias, o no se acuerdan que hace poco murió el nieto de la paranoica del quinto ¿saben por qué murió? ¿saben? Murió por la espuma, queridos, por-la-espuma.»

 

Con una gran economía de recursos, con descripciones exactas y poéticas, el autor crea un clima polifónico que envuelve al lector en un tumulto de sensaciones; pasamos de la carcajada al asco, del goce al auténtico trastorno. Una de las armas predilectas de Carioli, a la que acude con cierta perversión, es el recurso de la circularidad, de la repetición musical de frases o palabras que logran una textura de obsesiones y resignificaciones. Así, construye un entramado donde se evidencian las máscaras que hacen patente el artificio de lo civilizado.

 

Como en el Infierno Musical del Bosco, el autor describe un mundo al borde de la pesadilla, del cual no queremos escapar porque nos resulta hipnótico y familiar. Todos tenemos vecinos y, aunque vivamos aislados, existe la ajenidad interna, el desconocimiento de nosotros mismos y la vaga sensación de percibir lo monstruoso.

 

«Casa de arañas» nos habla a cada uno de lo inabordables que somos para los demás y para nosotros mismos. Nos interpela, simplemente, porque tenemos la capacidad desgarradora de, en cualquier momento, dejar caer el disfraz de la urbanidad y cometer los actos más atroces con la neutralidad de una araña.

 

 

Agustina María Bazterrica

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